Cómo mejorar la calidad del software a través de una gestión adecuada de la productividad de las pruebas

Fecha: 01 febrero, 2013 | Tiempo de lectura: 2 minutos

Cuando una empresa contrata un proyecto de software a una consultora, realiza una inversión importante. El coste varía en virtud de la magnitud del proyecto y del tiempo de desarrollo. A priori se establecen unos plazos y el cliente siempre espera que, una vez cumplido ese tiempo, el software esté preparado, cumpla las funciones para las que se ha proyectado y tenga un alto grado de calidad para que genere el menor índice posible de problemas y errores, una vez que entre en la fase de producción. Además, espera que el mantenimiento de ese software sea bajo porque esté tan bien construido que no necesite de excesivas mejoras.

Esta es, sin duda, la declaración de intenciones de cualquier empresa que va a contratar un proyecto de estas características. No se plantea cómo se va a cumplir con esos objetivos, simplemente, da por sentado que las cosas se van a hacer bien.

La realidad, sin embargo, dista mucho de este mundo ideal. Cuando leemos datos de prestigiosas consultoras como Gartner, que estima que 0,80 céntimos de cada euro invertido en el desarrollo de software se destinan a subsanar errores, todo el mundo es consciente de que en ese proceso hay
alguna cosa que falla. Si trasladamos esa cifra a algo tan cercano como la adquisición de un automóvil, seguro que nos parecería inverosímil que el precio del vehículo lo tuviéramos que incrementar en un 80% por los costes de reparación.

El problema es que no se efectúan las pruebas necesarias o, dicho de otra manera, el software no se prueba bien durante la fase de estabilización y no se utiliza una metodología adecuada para realizarlas, lo que genera problemas en fases posteriores y termina encareciendo el proyecto. Los
defectos pueden producir problemas antes de entrar en producción o una vez que se entra en esa fase. En el primer caso, el proyecto se paraliza hasta que se subsanan los errores, con el consiguiente retraso en la puesta en marcha y el subsiguiente aumento del presupuesto. Cuando se presenta en la etapa de producción, el mantenimiento resultará costosísimo porque habrá que tratar de solucionar esos defectos para que funcione, mientras se sigue utilizando y, además, se complicará la forma de reproducir e identificar el problema y la causa que lo produce.

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